miércoles, 14 de marzo de 2012
miércoles, 7 de marzo de 2012
Mi cervecería favorita (y también la de Jacques Brel)
La muerte repentina o A la mort subite es una célebre cervecería de bruselas, abierta muy a principios del siglo XX. Era la cervecería preferida de uno de los bruselenses más famosos: el actor, compositor y cantante Jacques Brel.
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FRED ASTAIRE BAILA EN EL TECHO
Esta es una de las escenas más famosas del género musical y pertenece a la película "Bodas reales". En una época en la que los efectos especiales eran todavía muy rudimentarios, Fred Astaire logra la magia de desafiar la gravedad para bailar en el techo como si esto fuera lo más natutral del mundo.
Esta es una de las escenas más famosas del género musical y pertenece a la película "Bodas reales". En una época en la que los efectos especiales eran todavía muy rudimentarios, Fred Astaire logra la magia de desafiar la gravedad para bailar en el techo como si esto fuera lo más natutral del mundo.
martes, 6 de marzo de 2012
AMOR DE PLÁSTICO
Hola, parece ser que un matrimonio español dura una media de poco más de 11 años. La teoría es que cuando algo no funciona, se tira. Arreglar un trasto sale tan caro como comprar otro nuevo y, encima, nunca queda bien del todo. Hay que admitir que una pareja no puede durar eternamente porque ahora las hacen de plástico; era distinto antes, que se hacían con chapa de los altos hornos de Vizcaya y doctrina de misa de 12. Al cabo de unos años, quizá al mirarse el uno al otro, las parejas de antaño bostezaran sin disimulo, pero la cosa no iba a más porque sabían que a la felicidad constante no se tiene derecho, que la felicidad se presenta y se va cuando ella quiere, y gracias. Ahora, ése es el problema, creemos que la felicidad es obligatoria, que tenemos que estar siempre sanos, con dinerete y muy alegres. Si no es así, la culpa es 1) del estado, 2) de la sociedad, 3) del otro y 4) de los padres del otro. Hombre, la culpa no es de nadie. Es que la vida es así y tenemos que adaptarnos a ella porque la vida no se va a adaptar a nosotros, pues buena es. Ya ven, reflexionando otra vez, qué vicio.
Me escucha mi vecina la Visi y me cuenta que está muy preocupada por una amiga suya, que se casó, tuvo dos hijos, se divorció, se volvió a casar, volvió a tener otro hijo, y acaba de descubrir que su segundo marido se la está pegando con una vendedora de teléfonos móviles. La Visi, que va de feminista, lo primero que hace es echarle la culpa a la vendedora, como lo oyes. Porque dice que hay una generación nueva de mujeres que ya no tiene ningún respeto por el estado civil de los caballeros. Mira, el estado civil dejó de tener valor cuando dejó de constar en el DNI. Lo que importa es que se mueva el mercado de la felicidad, en el que ya no existen los casados como ya no existen los solteros. Todos ponen el corazón en oferta, sea nuevo o de segunda mano, porque a la felicidad inmediata no se renuncia. Pero la Visi insiste: "Es que ahora hay mucha fresca". La Visi me decepciona, tan feminista y ya ves.
Me escucha mi vecina la Visi y me cuenta que está muy preocupada por una amiga suya, que se casó, tuvo dos hijos, se divorció, se volvió a casar, volvió a tener otro hijo, y acaba de descubrir que su segundo marido se la está pegando con una vendedora de teléfonos móviles. La Visi, que va de feminista, lo primero que hace es echarle la culpa a la vendedora, como lo oyes. Porque dice que hay una generación nueva de mujeres que ya no tiene ningún respeto por el estado civil de los caballeros. Mira, el estado civil dejó de tener valor cuando dejó de constar en el DNI. Lo que importa es que se mueva el mercado de la felicidad, en el que ya no existen los casados como ya no existen los solteros. Todos ponen el corazón en oferta, sea nuevo o de segunda mano, porque a la felicidad inmediata no se renuncia. Pero la Visi insiste: "Es que ahora hay mucha fresca". La Visi me decepciona, tan feminista y ya ves.
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viernes, 2 de marzo de 2012
La puerta prohibida
Hola. Les cuento: estoy en un bareto muy moderno, esperando que me sirvan el café con hielo que he pedido. Aprovecho la breve espera para ir a los servicios. Hay tres puertas, lacadas en negro y con manecillas de diseño minimalista en acero satinado. Por la de la izquierda, se entra en el servicio de señoras; por la de la derecha, en el de caballeros. Y en la puerta del centro, hay un letrero escrito a mano, en el que se lee: "PROBIDO ENTRAR. Solo trabajadores". Mientras hago pxs, frente a una pared de azulejos que imitan pizarra, tengo pensamientos: 1) España es la juerga, tanta decoración exquisita y luego escriben "probido" en un cartel; 2) España se hunde porque está acabando con su lengua, a base de maltratarla; y 3) ¡la culpa de que se escriba mal la tienen los sms, la tele y los chats! Con este último y colérico pensamiento, termino de hacer pxs y vuelvo a la barra.
El café me calma y pienso que siempre ha habido faltas de ortografía porque el español tiene unas reglas y esas reglas hay que aprendérselas; e incluso a los que se las saben, se les escapa alguna faltilla. Quizá lo preocupante sea que ya no se dé importancia a cometer faltas cuando se escribe. Nadie ha corregido el cartel de "probido entrar" quizá porque se piense que, como se entiende lo que pretende decir, para qué cambiarlo. Parece ser que, viendo el panorama, vuelven con fuerza los movimientos revisionistas de nuestra ortografía, para simplificarla; ya saben, acabar con la diferencia entre la b y la v, o entre la g y la j, o suprimir la h.
Pero hay un apartado dentro de la mala ortografía que se merece un respeto. Me refiero a las faltas de los ultracorrectos, esos que son más papistas que el papa. Decir "Bilbado" está mal, de acuerdo, pero da más categoría a la ciudad, eso es indiscutible. Y pienso que ahora que la Semana Grande (sus fiestas) encabeza la lista de tesoros del Patrimonio Cultural Inmaterial de España (por delante del Camino de Santiago o de las Fallas), Bilbao debería pasar a llamarse Bilbado definitivamente. Es una propuesta hecha con todo el cariño. Bacalao puede quedarse como está, pero Bilbao, no. En fin, no me hagan caso; son los efectos de haber leído "probido entrar" en una puerta. Nos vemos.
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miércoles, 29 de febrero de 2012
ZARAGOZA NOCHE
Si hoy es sábado, esto es la juerga. La juerga consiste en ir a sitios donde haya mucha gente de juerga. Como todo el mundo está de juerga, nadie se entera de que tú no lo estás. Vamos a una cervecería inglesa que no es inglesa pero quiere parecerlo. Es muy grande y está llena de gente que habla muy alto y se ríe. Con nosotros viene un señor que nadie conoce, pero que a lo mejor es un amigo de la hermana de la novia de Javi. Todos conocemos a Javi pero no sabemos a quién conoce él. El señor hace como que nos conoce a todos con mucho estilo. Sospecho que es un señor que quiere levantarle la novia a Javi. Esperar y ver.
Detrás de la barra hay unas camareras que se llaman 90-60-90 y que sirven haciéndote un favor y diciéndote con la mirada: yo-lo-que-quiero-es-ser-modelo. También hay camareros que no son camareros y que sirven haciéndote un favor y diciéndote con la mirada: hago-esto-mientras-no-me-salga-otra-cosa. Las camareras hacen todas aeróbic, seguro que sí. Y los camareros, muchas pesas. La gente entra en el bar y piensa (subliminalmente, o sea, que no se entera de que piensa) que esto es un gimnasio. Todo el mundo tiene un gesto reflejo: se toca el michelín. Bueno, la gente se toca el michelín y tiene un bajón de autoestima fulminante. Ahí está el negocio: el bajón de autoestima sólo se pasa bebiendo alcohol. En el bar-gimnasio de un Londres new-baturro, toda la peña pide cerveza. Una jarra detrás de otra. Estar de marcha cuesta un pastón. No dan ticket, para qué. Cada vez se habla más alto, es decir que hay más juerga. Esto es sábado noche y aquí ya no hay sitio para nadie más. Muy incómodo, pero no nos vamos a ir a otro garito que esté medio vacío, como si fuéramos unos muermos. Al señor que nadie conoce otro señor le da un empujón y medio litro de cerveza empapa la camisa nueva de Javi. Javi se rebota pero se contiene porque piensa que el señor es amigo de la hermana de la novia de Félix. Javi suplica a una camarera-aerobic que le sirva otra cerveza. La camarera le mira con cierto desprecio porque Javi tiene un michelín king-size total y se va. Ya hay varios pavos con la camisa empapada de cerveza. Y cuando ya no podemos más de lo bien que lo estamos pasando, van y cierran.
Detrás de la barra hay unas camareras que se llaman 90-60-90 y que sirven haciéndote un favor y diciéndote con la mirada: yo-lo-que-quiero-es-ser-modelo. También hay camareros que no son camareros y que sirven haciéndote un favor y diciéndote con la mirada: hago-esto-mientras-no-me-salga-otra-cosa. Las camareras hacen todas aeróbic, seguro que sí. Y los camareros, muchas pesas. La gente entra en el bar y piensa (subliminalmente, o sea, que no se entera de que piensa) que esto es un gimnasio. Todo el mundo tiene un gesto reflejo: se toca el michelín. Bueno, la gente se toca el michelín y tiene un bajón de autoestima fulminante. Ahí está el negocio: el bajón de autoestima sólo se pasa bebiendo alcohol. En el bar-gimnasio de un Londres new-baturro, toda la peña pide cerveza. Una jarra detrás de otra. Estar de marcha cuesta un pastón. No dan ticket, para qué. Cada vez se habla más alto, es decir que hay más juerga. Esto es sábado noche y aquí ya no hay sitio para nadie más. Muy incómodo, pero no nos vamos a ir a otro garito que esté medio vacío, como si fuéramos unos muermos. Al señor que nadie conoce otro señor le da un empujón y medio litro de cerveza empapa la camisa nueva de Javi. Javi se rebota pero se contiene porque piensa que el señor es amigo de la hermana de la novia de Félix. Javi suplica a una camarera-aerobic que le sirva otra cerveza. La camarera le mira con cierto desprecio porque Javi tiene un michelín king-size total y se va. Ya hay varios pavos con la camisa empapada de cerveza. Y cuando ya no podemos más de lo bien que lo estamos pasando, van y cierran.
La imagen corresponde al cuadro "Paseo de Gracia - 5", de Juan Zurita.
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domingo, 26 de febrero de 2012
LIBREROS DE RAZA
Christopher Morley fue un periodista y escritor estadounidense de la primera mitad del siglo XX, que publicó dos novelas cuyo héroe era un librero ambulante; suyas son estas palabras: "Cuando vendes un libro a alguien, no le vendes medio kilo de papel, tinta y cola, sino que le ofreces una nueva vida". Recuerdo a Morley con motivo de la muerte de José Alcrudo (1918-2010), un librero de raza, que tanto marcó la escena cultural de Zaragoza en tres décadas difíciles de España; es decir, de 1950 a 1980. Él fue el proveedor de gran parte de la biblioteca de mis padres, a través de un sistema de suscripción (una especie de adelantado "círculo de lectores") por el que cada mes se pagaba una cantidad fija, se compraran o no los libros que él mandaba "a examen" a domicilio. Alcrudo conocía muy bien los gustos de sus lectores y raras veces se equivocaba. En casa, se le tenía un gran respeto y se hablaba de él como un hombre de amplia cultura y de vida azarosa. A veces, mis padres bajaban la voz y decían cosas que yo no entendía, sobre él, su familia y la guerra civil. No tardé mucho en darme cuenta de que quién nos surtía de palabras impresas era considerado, más o menos, como un "rojo". Esto, naturalmente, no hizo otra cosa que aumentar su leyenda a mis oídos.
Alcrudo, desde sus distintas tiendas "Pórtico", iba introduciendo su particular caballo de Troya en nuestras estanterías. Cuando me cansé de los títulos propios de la adolescencia, empecé a coger clandestinamente los libros que mis padres acababan de leer. De ellos, el primero fue una novela magnífica del vasco Juan Antonio de Zunzunegui, 'La vida como es', de la que había oído comentar que era "muy fuerte y muy dura". Poco tardó mi madre en descubrir cuáles eran mis nuevas lecturas y, en vano, trató de convencerme de que no eran apropiadas para mí; pero el mal, o el bien, ya estaba hecho.
Como un ingrato, cuando entré en la universidad, abandoné a Alcrudo (porque llega un momento en que no puedes tener el mismo librero que tus padres) y me pasé a "Libros", de Víctor Bailo, y después a "Hesperia", de Luis Marquina. Esas tiendas fueron una universidad paralela, libre, dinámica y abierta al mundo, que formó a varias generaciones de aragoneses. Es difícil calcular lo mucho que debemos a esos tres libreros de raza, que con tanto acierto nos ofrecieron tantas vidas nuevas.
Luis Marquina sigue al frente de la Librería Hesperia, que ahora se dedica exclusivamente al libro antiguo (Esto ya no es cierto; Luis Marquina acaba de morir a la edad de 80 años. Su hija sigue al frente del negocio). Pórtico sigue viva en un nuevo local de la calle Muñoz Seca, pero se dedica a la venta de libros de carácter académico, principalmente por Internet; y Libros es la única que permanece abierta en la que ha sido su sede de siempre, en la calle Fuenclara, pero no como librería sino como tienda de arte y taller de enmarcación.
Read more: http://www.juanmarin.net/?aid=730#ixzz1nWGIbT3O
Christopher Morley fue un periodista y escritor estadounidense de la primera mitad del siglo XX, que publicó dos novelas cuyo héroe era un librero ambulante; suyas son estas palabras: "Cuando vendes un libro a alguien, no le vendes medio kilo de papel, tinta y cola, sino que le ofreces una nueva vida". Recuerdo a Morley con motivo de la muerte de José Alcrudo (1918-2010), un librero de raza, que tanto marcó la escena cultural de Zaragoza en tres décadas difíciles de España; es decir, de 1950 a 1980. Él fue el proveedor de gran parte de la biblioteca de mis padres, a través de un sistema de suscripción (una especie de adelantado "círculo de lectores") por el que cada mes se pagaba una cantidad fija, se compraran o no los libros que él mandaba "a examen" a domicilio. Alcrudo conocía muy bien los gustos de sus lectores y raras veces se equivocaba. En casa, se le tenía un gran respeto y se hablaba de él como un hombre de amplia cultura y de vida azarosa. A veces, mis padres bajaban la voz y decían cosas que yo no entendía, sobre él, su familia y la guerra civil. No tardé mucho en darme cuenta de que quién nos surtía de palabras impresas era considerado, más o menos, como un "rojo". Esto, naturalmente, no hizo otra cosa que aumentar su leyenda a mis oídos. Alcrudo, desde sus distintas tiendas "Pórtico", iba introduciendo su particular caballo de Troya en nuestras estanterías. Cuando me cansé de los títulos propios de la adolescencia, empecé a coger clandestinamente los libros que mis padres acababan de leer. De ellos, el primero fue una novela magnífica del vasco Juan Antonio de Zunzunegui, 'La vida como es', de la que había oído comentar que era "muy fuerte y muy dura". Poco tardó mi madre en descubrir cuáles eran mis nuevas lecturas y, en vano, trató de convencerme de que no eran apropiadas para mí; pero el mal, o el bien, ya estaba hecho.
Como un ingrato, cuando entré en la universidad, abandoné a Alcrudo (porque llega un momento en que no puedes tener el mismo librero que tus padres) y me pasé a "Libros", de Víctor Bailo, y después a "Hesperia", de Luis Marquina. Esas tiendas fueron una universidad paralela, libre, dinámica y abierta al mundo, que formó a varias generaciones de aragoneses. Es difícil calcular lo mucho que debemos a esos tres libreros de raza, que con tanto acierto nos ofrecieron tantas vidas nuevas.
Luis Marquina sigue al frente de la Librería Hesperia, que ahora se dedica exclusivamente al libro antiguo (Esto ya no es cierto; Luis Marquina acaba de morir a la edad de 80 años. Su hija sigue al frente del negocio). Pórtico sigue viva en un nuevo local de la calle Muñoz Seca, pero se dedica a la venta de libros de carácter académico, principalmente por Internet; y Libros es la única que permanece abierta en la que ha sido su sede de siempre, en la calle Fuenclara, pero no como librería sino como tienda de arte y taller de enmarcación.
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miércoles, 22 de febrero de 2012
Hola. Aquí, al borde de la piscina. Enseguida me tiro al agua, que está azul y fresquita. Pero en esta situación, más de una vez pienso en John Cheever, un escritor americano que alcanzó la fama con una narración de quince páginas, que tituló "El nadador". Me parece una buena historia para recordar en verano: un hombre de mediana edad, de clase media alta, se recupera de una resaca en casa de unos amigos, después de la fiesta de la noche anterior. De pronto, tiene una idea un tanto peregrina: regresar a su casa nadando por las piscinas, una tras otra, de sus vecinos de distrito. Y lo hace. Son quince espacios, unos 12 kilómetros, los que le separan de su hogar. Al principio, lo reciben bien pero, a medida que avanza, nota que la gente le rechaza por motivos que se le escapan. Oye comentarios sobre cosas de su vida que él mismo desconoce; acontecimientos desagradables de los que no se ha enterado. Por fin, llega a su propia casa, que ya no se parece en nada a la que dejó el día anterior para ir a aquella fiesta. Lo que empieza como un relato de comedia acaba como uno de inquietante atmósfera.
Lo original de "El nadador" es que el tiempo real, toda una tarde, no corresponde con el tiempo vivido, que es mucho más largo. La sensación climática es veraniega al principio pero casi invernal al final y el hombre vital que se arrojó a la primera piscina es un hombre derrotado al salir de la última. Pienso que los veranos son así, tan sólo tres meses en los que se dan cambios radicales que aceleran la experiencia: de repente, hay adolescentes que se vuelven adultos y gente que tenía el corazón vacío, encuentra a la persona de su vida. O parejas que llevaban años siendo felices, rompen. Puede pasar que aquel al que todo el mundo ha olvidado, regrese al principio del otoño, distinto e imprescindible. Creo que hay que leer "El nadador" de vez en cuando, al borde de una piscina, si es posible. Para entender el misterio del tiempo, el misterio de nuestros veranos.
* John Cheever (1912-1982) es un autor americano que escribió novelas y , sobre todo, relatos. Lo que le hace más interesante es que, siendo un escritor realista, tiende a basarse en los mitos universales, llenando de complejidad historias aparentemente muy sencillas. Casi toda su obra está editada en España por EMECÉ. "El nadador" está incluido en el libro "Geometría del amor". Después de leer su obra narrativa, es muy recomendable la lectura de sus "Diarios".
* De "El nadador" hay una versión cinematográfica, protagonizada por Burt Lancaster (al que le va el papel como anillo al dedo) y dirigida por Frank Perry en 1968.
* Como curiosidad, me apetece recordar que una de las mejores campañas publicitarias para televisión de los pantalones Levi's se basaba en "El nadador". El spot fue dirigido por Tarsem Singh en 1992 y su banda sonora sirvió para recuperar a una extraordinaria cantante de blues y jazz, Dinah Washington, que cantaba "Mad about the boy" mientras el protagonista nadaba de piscina en piscina con sus Levis puestos.
Hola, estamos aquí, de tapeo. Y de repente, me pongo serio y me hago esta pregunta: ¿por qué el mismo pincho que en mi barrio cuesta un euro, en el casco histórico, Tubo y aledaños, cuesta tres? Por ejemplo, un pincho de chistorra. En el bar de al lado de casa, consiste en un trozo de chistorra más un trozo de pimiento verde frito más una rodaja de pan del día, todo ello atravesado por un palillo. Engorda y es colesterante, pero alegra un montón. Vale, ese mismo pincho en un bareto del centro se convierte en "Chistorra de Tafalla con pimiento verde de Alfaro; todo ello sobre un lecho de pan crujiente de Fuentes de Ebro". Insisto en que, siendo la misma tapa, el precio se ha triplicado de un sitio a otro. ¿Qué justifica esta diferencia? Pues está claro: la lingüística y la toponimia. Cada procedencia que se menciona, o sea, cada topónimo, añade un coste de cincuenta céntimos. En este caso, se nombran tres localidades, o sea, un euro y medio más. Y llamar a una rodaja de pan "lecho de pan crujiente" añade otro medio euro. O sea que ingredientes más topónimos más sintagma nominal alambicado acaban saliendo por tres euretes.
Y, encima, creo que tenemos que estar contentos porque si a lo anterior, se añaden unos humildes artículos determinados, diciendo "LA chistorra de Tafalla con EL pimiento de Alfaro sobre EL lecho, etc.", la tapa saldría aún más cara. Y si, para acompañarla, en vez de vino tinto de la casa, nos tomamos "un caldo joven de bodegas Nodigoelnombre", entonces el supersablazo está asegurado. No, de esto no tiene la culpa Ferrán Adriá, al menos esta vez, sino el que fue su maestro, Paul Bocusse (declarado el mejor cocinero del siglo XX), que creó la rentable etiqueta de "nueva cocina" en su restaurante de Lyon a principios de los 80. No hace falta decir que nunca he probado un plato de Bocusse, pero sí que me he comido sus "artículos determinados" o pagado por ellos, mejor dicho. Es el coste de la gramática. De la gramática parda sobre un lecho de mercadotecnia, quiero decir.
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